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miércoles, 30 de abril de 2014
domingo, 20 de octubre de 2013
Parques de atracciones - NO, gracias
La semana pasada se me ocurrió un plan genial para el sábado. Irnos con unos amigos y sus hijas al Parque Warner en Madrid.
Ya os aviso que si después de leer esta entrada os quedan ganas de ir debéis preparar muuuucho dinerito.
Como vivo ajena al mundanal ruido no me había enterado de que el sábado 12 de octubre era fiesta nacional, y claro, media España tuvo la genial idea de copiar mi plan para ese día. Después de superar la caravana de coches que conducía al parking, pagar los 9 euros exigidos por acceder y dar veinte vueltas para encontrar una plaza libre, accedimos al recinto.
Dos entradas de adulto y una de niño = 87€.
Esta inversión te da acceso a todas las colas del parque. Una media de 90 minutos por atracción, lo cual es divertido y llevadero con niños de 4 a 7 años que se sientan y esperan pacientemente. Ay, perdón, que esos niños no existen. Pues eso, un infierno.
Niños que se pegan con los de delante, que pellizcan a los de detrás, que tienen sueño, que tienen sed, que quieren brazos, que tienen ganas de orinar justo cuando vas a acceder a la atracción (y te toca deshacer el camino a mil por hora ante la mirada estupefacta del resto de la gente), ¡que se ponen insufribles!.
Según llegamos y vimos el panorama empezamos a buscar atracciones poco saturadas y, ¡oh! ¡sorpresa!, no las encontramos.
Los papás/mamás más listos, dando ejemplo a sus vástagos de como actuar, se dedicaban a colarse en cuanto veían la ocasión, con la consecuente riña entre adultos, mientras el resto se limitaba a esperar su turno con resignación.
El acceso a las atracciones está diseñado por mentes retorcidas. Tú te asomas y ves treinta personas delante de una puerta y piensas - qué suerte, aquí hay poca gente esperando, vamos para dentro.
Cuando cruzas el umbral de la puerta te encuentras en una sala con un caminito que va y viene cuatro veces y limitado por un pasamanos de hierro, y al fondo otra sala. Entonces piensas - bueno, esta sala y luego llegamos.
Tres salas iguales después tus nervios están crispados, como los de los otros 500 adultos que tratan de llegar a no saben dónde, para montar en no saben qué, con sus desquiciados hij@s.
90 minutos después accedes a un cochecito que tarda exactamente 3 minutos en completar un circuito en el que solo encuentras fotos pintadas en colores brillantes de Scooby Doo y sus amigos.
Lo mejor del caso es la ingenuidad y el corazón agradecido de los niños, que salen encantados y convencidos de que aquella agónica espera mereció la pena.
Cuando llegó la hora de comer buscamos uno de los múltiples restaurantes de comida ultra rápida. Porque para quienes no lo sepáis "queda terminantemente prohibido introducir alimentos en el parque". Una medida solidaria con la economía familiar actual y con el apetito voraz y constante de los pequeños.
Resumiendo, 10 € menú infantil de macarrones, patatas y 3 croquetas, y 15 € el de adultos (ensalada y pollo asado).
De vuelta a la actividad tras la "opípara" comida nos entusiasmamos al encontrar una atracción sin colas. Cero personas esperando para montarse.
Lejos de preguntarnos a que se debería esa rara situación decidimos enviar a los tres niñ@s con el padre de la fiera, único voluntario para tamaña aventura. Sin apenas presión aceptó mi sutil sugerencia: - anda ve tú, hombre no seas así, piensa en los niños. No seas rancio. Ve, que ya verás que divertido, que los pobres no se han podido montar en nada. Aprovecha que no hay gente.
¿Es necesario que os diga que se trataba de una atracción acuática o ya lo habíais sospechado?
Cinco minutos después la barca del Oso Yogui nos devolvió cuatro seres acuáticos, que no tenían seco ni un poro de su cuerpo. Chorreando agua de cabeza a pies, como quien se cae vestido en una piscina, salieron los cuatro desdichados, que no sabían si reír o llorar.
Yo reí, reí mucho. Con esa risa nerviosa de "madre mía qué hago ahora con estos dos empapados. Mañana pulmonía asegurada".
Mensaje a futuras generaciones: "sed creativos y tened ideas innovadoras" (si no sirven para nada no os desanimeis). Esto os lo digo porque un ingeniero iluminado tuvo el acierto de colocar a la salida de la atracción una cápsula que es un secador gigante. Al módico precio de 2€ - 5 minutos te promete salir igual de seco que entraste.
Como tenemos fe en la humanidad metimos al papá de la fiera y a los tres niñ@s. 15 minutos después y 6 euros más pobres abandonamos la cápsula de no secado ultra rápido tan mojados como la habíamos encontrado, y ante la mirada desesperada de otra familia de incautos que había sucumbido a la única atracción sin esperas.
Mi amiga, mujer sensata y madre abnegada, llevaba una muda de cambio para sus hijas.
Yo NO.
Mi amiga puso braguitas, pantalón y camiseta secas a sus hijas. Yo desnudé al mío y usé mi chaqueta de punto para improvisar unos pantalones, y a modo de calcetines unas bolsas de plástico, porque las zapatillas deportivas estaban encharcadas.
Lo bueno del caso, mi hijo está acostumbrado al desastre de su madre que nunca le lleva muda cuando sale de casa. Consecuencia, no le importa exhibirse medio desnudo entre miles de personas.
Moraleja: cuando vayáis a un parque de atracciones llevad siempre ropa de cambio y mucho dinero. Ah, si es posible id un día no festivo y entre semana.
Ya os aviso que si después de leer esta entrada os quedan ganas de ir debéis preparar muuuucho dinerito.
Como vivo ajena al mundanal ruido no me había enterado de que el sábado 12 de octubre era fiesta nacional, y claro, media España tuvo la genial idea de copiar mi plan para ese día. Después de superar la caravana de coches que conducía al parking, pagar los 9 euros exigidos por acceder y dar veinte vueltas para encontrar una plaza libre, accedimos al recinto.
Dos entradas de adulto y una de niño = 87€.
Esta inversión te da acceso a todas las colas del parque. Una media de 90 minutos por atracción, lo cual es divertido y llevadero con niños de 4 a 7 años que se sientan y esperan pacientemente. Ay, perdón, que esos niños no existen. Pues eso, un infierno.
Niños que se pegan con los de delante, que pellizcan a los de detrás, que tienen sueño, que tienen sed, que quieren brazos, que tienen ganas de orinar justo cuando vas a acceder a la atracción (y te toca deshacer el camino a mil por hora ante la mirada estupefacta del resto de la gente), ¡que se ponen insufribles!.
Según llegamos y vimos el panorama empezamos a buscar atracciones poco saturadas y, ¡oh! ¡sorpresa!, no las encontramos.
Los papás/mamás más listos, dando ejemplo a sus vástagos de como actuar, se dedicaban a colarse en cuanto veían la ocasión, con la consecuente riña entre adultos, mientras el resto se limitaba a esperar su turno con resignación.
El acceso a las atracciones está diseñado por mentes retorcidas. Tú te asomas y ves treinta personas delante de una puerta y piensas - qué suerte, aquí hay poca gente esperando, vamos para dentro.
Cuando cruzas el umbral de la puerta te encuentras en una sala con un caminito que va y viene cuatro veces y limitado por un pasamanos de hierro, y al fondo otra sala. Entonces piensas - bueno, esta sala y luego llegamos.
Tres salas iguales después tus nervios están crispados, como los de los otros 500 adultos que tratan de llegar a no saben dónde, para montar en no saben qué, con sus desquiciados hij@s.90 minutos después accedes a un cochecito que tarda exactamente 3 minutos en completar un circuito en el que solo encuentras fotos pintadas en colores brillantes de Scooby Doo y sus amigos.
Lo mejor del caso es la ingenuidad y el corazón agradecido de los niños, que salen encantados y convencidos de que aquella agónica espera mereció la pena.
Cuando llegó la hora de comer buscamos uno de los múltiples restaurantes de comida ultra rápida. Porque para quienes no lo sepáis "queda terminantemente prohibido introducir alimentos en el parque". Una medida solidaria con la economía familiar actual y con el apetito voraz y constante de los pequeños.
Resumiendo, 10 € menú infantil de macarrones, patatas y 3 croquetas, y 15 € el de adultos (ensalada y pollo asado).
De vuelta a la actividad tras la "opípara" comida nos entusiasmamos al encontrar una atracción sin colas. Cero personas esperando para montarse.
Lejos de preguntarnos a que se debería esa rara situación decidimos enviar a los tres niñ@s con el padre de la fiera, único voluntario para tamaña aventura. Sin apenas presión aceptó mi sutil sugerencia: - anda ve tú, hombre no seas así, piensa en los niños. No seas rancio. Ve, que ya verás que divertido, que los pobres no se han podido montar en nada. Aprovecha que no hay gente.
¿Es necesario que os diga que se trataba de una atracción acuática o ya lo habíais sospechado?
Cinco minutos después la barca del Oso Yogui nos devolvió cuatro seres acuáticos, que no tenían seco ni un poro de su cuerpo. Chorreando agua de cabeza a pies, como quien se cae vestido en una piscina, salieron los cuatro desdichados, que no sabían si reír o llorar.
Yo reí, reí mucho. Con esa risa nerviosa de "madre mía qué hago ahora con estos dos empapados. Mañana pulmonía asegurada".
Como tenemos fe en la humanidad metimos al papá de la fiera y a los tres niñ@s. 15 minutos después y 6 euros más pobres abandonamos la cápsula de no secado ultra rápido tan mojados como la habíamos encontrado, y ante la mirada desesperada de otra familia de incautos que había sucumbido a la única atracción sin esperas.
Mi amiga, mujer sensata y madre abnegada, llevaba una muda de cambio para sus hijas.
Yo NO.
Mi amiga puso braguitas, pantalón y camiseta secas a sus hijas. Yo desnudé al mío y usé mi chaqueta de punto para improvisar unos pantalones, y a modo de calcetines unas bolsas de plástico, porque las zapatillas deportivas estaban encharcadas.
Lo bueno del caso, mi hijo está acostumbrado al desastre de su madre que nunca le lleva muda cuando sale de casa. Consecuencia, no le importa exhibirse medio desnudo entre miles de personas.
Moraleja: cuando vayáis a un parque de atracciones llevad siempre ropa de cambio y mucho dinero. Ah, si es posible id un día no festivo y entre semana.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Mi lavadora es carnívora
Últimamente ando muy enfadada con mi lavadora.
Ya sabéis que no soy un ama de casa modelo, pero al menos hasta la fecha tenía un pacto de no agresión con mis electrodomésticos. Aunque visto el cariz que han tomado las cosas, y el giro inesperado de los acontecimientos, igual les declaro la guerra.
Todo comenzó de una forma inocente y anecdótica - uy, la lavadora se ha comido uno de mis calcetines.
A la semana siguiente le pegó un bocado a una de mis camisetas viejas. Como ya la tenía viejita no le di mucha importancia.
La semana pasada se comió uno de mis sujetadores bonitos, o para ser más exactos masticó y escupió los restos de una de us ballenas. Era de esos de encaje que una guarda para las ocasiones especiales, de esas que hay tan pocas que estaba nuevecito.
Pero el colmo ha sido hoy, ha devorado mis pantalones rojos favoritos. Esos que son la envidia de la oficina porque combinan con todo. Han salido literalmente triturados. Llenos de agujeros y quemaduras.
¡¡ Esta no se la perdono !!
Pase que mi lavadora sea carnívora y de vez en cuando se trague algún calcetín, pero con su última comilona ha declarado la guerra.
Lo que más me molesta es que siempre le da por mi ropa, a los pantalones feos de mi chico no les ataca, esas camisetas horrorosas que tanto cariño tiene salen intactas, la ropa de mi hijo tampoco sufre su aversión, es solo mi ropa, mi ropa buena, mis prendas favoritas, esas son el objeto de su inquina.
Lo confieso, le tengo miedo. ¿Y si ahora que empieza el cole le da por comerse los babis o el uniforme? ¿qué voy a hacer???
He pensado tomar represalias. Igual compro un jabón más baratujo. Aunque lo mismo de ahí viene su mosqueo. Con esto de la crisis hemos recortado y no compramos marcas de jabón conocidas. Vamos a la oferta y lo mismo saben raro y por eso la muy rencorosa anda devorando mi ropa mientras se pasea dando saltitos por toda la cocina.
Me he planteado empezar a lavar a mano, hasta que me di cuenta que eso serían unas vacaciones pagadas para mi ingrata trabajadora, mientras que yo tendría que currar.
Ando un poco desesperada, sobre todo por miedo a la sublevación del resto de electrodomésticos. ¿Qué voy a hacer si al horno le da por quemarme la comida? ¿y si la nevera deja de enfriar? o aun peor ¿y si la tele se queda fija en el canal de deportes?
Si sabéis de algún remedio o conocéis algún mediador de conflictos domésticos os agradecería me lo digáis.
Se despide desde las trincheras una pseudo ama de casa.
lunes, 5 de agosto de 2013
Visita a Monfragüe y Plasencia
Nuestra segunda excursión por tierras extremeñas fue más tranquila.
Como apretaba el calor, y todavía teníamos agujetas del día anterior, decidimos hacer la ruta en coche por el Parque Nacional de Monfragüe.
En apariencia era un plan sencillo, o eso pensábamos nosotros hasta que mi hijo se mareó en el coche nada más entrar en el parque, y nos encontramos con la necesidad de parar el coche para cambiarlo de pies a cabeza.
Los tres coches que venían detrás no se tomaron muy bien nuestra parada en ese tramo que no llegaba a ser arcén.
Haciendo gala de mi falta de cualidades como madre precavida no había cogido una muda en previsión de que algo así pudiese ocurrir.
Con mi hijo en calzoncillos seguimos camino adelante lo más dignamente posible.
Nuestra salvación llego pronto, la típica tienda de recuerdos donde nos vendieron una camiseta descolorida de recuerdo a un precio desorbitado, pero la alternativa era exhibir a mi hijo semi desnudo por el parque a la vista de los buitres y los linces hambrientos.
Afortunadamente la mayor parte del itinerario lo hicimos en coche, y solo tuvimos que dar explicaciones de por que mi hijo llevaba esas pintas cuando quisimos subir al castillo de Monfragüe, donde nos encontramos unas vistas preciosas y una escalera digna del récord Guiness, o cuando nos asomamos al Salto del Gitano, un mirador increíble sobre el Tajo por el sobrevuelan a escasos metros de los observadores todo tipo de aves rapaces.
La parada a comer fue de traca. Un consejo, cuidado con lo que habláis delante de vuestros hijos que luego todo lo cascan.
Era un restaurante muy agradable, pero la vajilla había vivido tiempos mejores y los platos estaban desportillados. Nosotros lo comentamos, y a mi hijo le faltó tiempo de sacarle los colores al camarero haciéndole notar que nos había puesto platos "muy rotos".
Un rato después nos sacó los colores a nosotros. Nos habían puesto tres bollitos de pan realmente ricos, y como solo nos habíamos comido la mitad le dije a mi chico que nos llevábamos los que quedaban para merendar.
Cuando llegó el camarero a recoger la mesa estábamos charlando despistados, y mi hijo (que no se le escapa una) empezó a gritarle a señor -¡no se lleve el pan!, mami que se lleva el pan de la merienda.
El camarero se vió tan apurado que hasta se ofreció a regalarnos un par de bollitos extra.
Antes de volver a nuestro chozo decidimos darnos una vuelta por la monumental Plasencia, y seguir presumiendo un rato de estilazo veraniego.
Seguro que en la Catedral todavía están comentando la retaila de preguntas de mi vástago sobre todo lo que allí vio.
Lo que más preocupado le tenía era el motivo para tener a "ese señor en la X", o donde viven ahora los Reyes Magos que no se dignaron aparecer por aquel castillo tan estupendo que resultó ser el Parador.
En resumen, un día de lo más intenso.
Como apretaba el calor, y todavía teníamos agujetas del día anterior, decidimos hacer la ruta en coche por el Parque Nacional de Monfragüe.
En apariencia era un plan sencillo, o eso pensábamos nosotros hasta que mi hijo se mareó en el coche nada más entrar en el parque, y nos encontramos con la necesidad de parar el coche para cambiarlo de pies a cabeza.
Los tres coches que venían detrás no se tomaron muy bien nuestra parada en ese tramo que no llegaba a ser arcén.
Haciendo gala de mi falta de cualidades como madre precavida no había cogido una muda en previsión de que algo así pudiese ocurrir.
Con mi hijo en calzoncillos seguimos camino adelante lo más dignamente posible.
Nuestra salvación llego pronto, la típica tienda de recuerdos donde nos vendieron una camiseta descolorida de recuerdo a un precio desorbitado, pero la alternativa era exhibir a mi hijo semi desnudo por el parque a la vista de los buitres y los linces hambrientos.
Afortunadamente la mayor parte del itinerario lo hicimos en coche, y solo tuvimos que dar explicaciones de por que mi hijo llevaba esas pintas cuando quisimos subir al castillo de Monfragüe, donde nos encontramos unas vistas preciosas y una escalera digna del récord Guiness, o cuando nos asomamos al Salto del Gitano, un mirador increíble sobre el Tajo por el sobrevuelan a escasos metros de los observadores todo tipo de aves rapaces.
La parada a comer fue de traca. Un consejo, cuidado con lo que habláis delante de vuestros hijos que luego todo lo cascan.
Era un restaurante muy agradable, pero la vajilla había vivido tiempos mejores y los platos estaban desportillados. Nosotros lo comentamos, y a mi hijo le faltó tiempo de sacarle los colores al camarero haciéndole notar que nos había puesto platos "muy rotos".
Un rato después nos sacó los colores a nosotros. Nos habían puesto tres bollitos de pan realmente ricos, y como solo nos habíamos comido la mitad le dije a mi chico que nos llevábamos los que quedaban para merendar.
Cuando llegó el camarero a recoger la mesa estábamos charlando despistados, y mi hijo (que no se le escapa una) empezó a gritarle a señor -¡no se lleve el pan!, mami que se lleva el pan de la merienda.
El camarero se vió tan apurado que hasta se ofreció a regalarnos un par de bollitos extra.
Antes de volver a nuestro chozo decidimos darnos una vuelta por la monumental Plasencia, y seguir presumiendo un rato de estilazo veraniego.
Seguro que en la Catedral todavía están comentando la retaila de preguntas de mi vástago sobre todo lo que allí vio.
Lo que más preocupado le tenía era el motivo para tener a "ese señor en la X", o donde viven ahora los Reyes Magos que no se dignaron aparecer por aquel castillo tan estupendo que resultó ser el Parador.
En resumen, un día de lo más intenso.
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