domingo, 18 de agosto de 2013

¡¡ REVISTAS !!

Una de las cosas que más me gustan del verano son las revistas. Revistas de todo tipo; moda, decoración, viajes, cotilleo, cualquier tema me va bien.

Sí, esta es otra de mis compulsiones, comprar revistas de todo tipo, y no porque tenga una necesidad insaciable de adquirir conocimientos, porque para leer tengo mi "peazo movil" con el que accedo a mis blogs favoritos, a la prensa y a cualquier otro contenido de interés.

Entonces ¿para qué tanta revista?
Pues por mi faceta urraca. Compro en función de los regalos que hacen. 
No miro la revista, me tiro en plancha a por el regalo, y este verano estoy arrasando. 
Entre mis últimas adquisiciones está un bolso de playa monísimo (lo guardaré para el próximo año porque a estas alturas ya no lo necesito), un bolsito de aseo de lo más coqueto (me viene fenomenal porque apenas tengo otros 20 más), unas pastillas para el tránsito intestinal que no necesito, un esmalte de uñas color coral (estoy encantada porque es mi actual color favorito), un bronceador estupendo (lástima que solo sea protección 20 y yo uso 50, pero a mi madre le ha venido genial el regalo) y un bote de aceite en spray para aliñar las ensaladas con la cantidad justa (¿a quién no le viene bien esto?).

Como buena mala madre he contagiado este mal vicio a mi hijo, que enloquece por los regalos de las revistas infantiles. 

Gracias a este consumista vicio tenemos cientos de cosas inútiles como camisetas talla xs cuando yo uso la xl, biquinis que solo podría poner a los muñecos de mi hijo, gafas de sol con las que no veo, chanclas para la playa dos números más pequeños de lo que necesito, relojes de todos los colores y millones de bolsos de todos los estilos imaginables.  

Ahora entenderéis por que en el quiosco del barrio nos reciben con los brazos abiertos todos los domingos. 

La crisis de compra compulsiva más grave que recuerdo fue hace tres años, y no estaba sola, conté con la colaboración de tres compañeras de trabajo que dieron rienda suelta a mi vicio. 
Aquel mes de agosto lo que hacía furor era la colección de gafas de sol abalada por una conocida óptica. Esto ahora está muy visto, pero aquel año era la bomba. 
Cada jueves íbamos las cuatro en comandilla a comprar la revista con las gafas, al quiosco de al lado de la oficina, y esperábamos ilusionadas el modelo de la siguiente semana.
Un inciso, yo ya era miope por entonces, y al igual que ahora no usaba lentillas, por lo que con dichas gafas ver, lo que se dice ver... más bien poco. 

Entonces llegó la semana grande. Salía el modelo aviador, ¡nuestro favorito!, llevábamos todo el mes esperando este día. Bajamos al quiosco en la hora del desayuno y...  ¡¡¡¡estaban agotadas!!!!
Recorrimos 4 quioscos cercanos y nada. Agotado.
Según pasaban las horas nuestro deseo de conseguir las dichosas gafas se acrecentaba.
Una de las compis llamó a su hermana para ver si las conseguía cerca de su casa. Nada. Toda la ciudad se había puesto de acuerdo para comprar las dichosas gafas el mismo día. Otras dos llamaron a sus maridos para que las buscasen por las tiendas y quioscos que tuviesen más próximos. Nada. 
Lo más bochornoso era tratar de explicar la urgencia de nuestro deseo, que mutaba en necesidad vital a cada hora que pasaba. 
Al final yo recurrí a mi padre, que estaba de vacaciones, y al que hice recorrerse todos los pueblos de la sierra hasta encontrar las dichosas gafas, ahí es nada, 4 pares. Y las encontró, porque no hay nada que un padre no haga por su descerebrada caprichosa hija.

Tuvimos que esperar una semana para probarnos las gafas y...  nos sentaban de pena. A la que no le estaban grandes le estaban chicas, cara ancha, cara estrecha, ¡un desastre!

De aquella aventura conservamos la gafas, hemos prometido no tirarlas nunca como símbolo de nuestra compulsión irracional por las gafas baratas, una foto muy divertida y las risas que nos echamos cada vez que recordamos la anécdota.


¡¡ Qué gran verano chicas !!  

Os echo mucho de menos. 






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