jueves, 1 de agosto de 2013

La Garganta de los Infiernos

En el mismísimo infierno he estado de vacaciones.
Bueno, en realidad hemos estado en la Garganta de los Infiernos, y suena más dramático de lo que es. Este increíble paraje está en el Valle del Jerte, en Cáceres.

Para mi pequeña familia unas buenas vacaciones deben tener un par de ingredientes fundamentales: contacto con la naturaleza y aventura. 
Como aventuras hemos vivido unas cuantas me vais a permitir que os lo cuente todo por capítulos, para no aburriros demasiado. 

Empecemos por el alojamiento. Escogimos un alojamiento rural, Los Chozos, muy funcional ya que son casitas independientes y estratégicamente situado en medio del valle. Justo en frente hay una piscina municipal con la que tienen un acuerdo, y para los residentes es de acceso gratuito. 
A ambos lados dos restaurantes estupendos (ya sabéis que no destaco por mis dotes culinarias). 

En cinco minutos en coche llegas al acceso a la Garganta, donde está el Centro de Interpretación de la Naturaleza, primera visita obligatoria para pertrecharte de información y planos, cosa que nosotros no hicimos por estar cerrado el día que llegamos.

En lugar de darnos media vuelta, y dejar la primera excursión para el siguiente día, decidimos seguir adelante guiados por un atractivo cartelito de madera que indicaba "Ruta Los Pilones - 3 km". 
Aquello no podía ser para tanto. Llevábamos agua, gorras, calzado de montaña e íbamos bien embadurnados en crema. 

Cuando llevábamos 30 minutos de costoso ascenso, con intensos dolores musculares y respiración más que entrecortada, encontramos un simpático cartelito en madera que indicada "Los Pilones - 2.500 m". 
¿Qué? su pu... madre ¿sólo habíamos recorrido 500 m? Pero si ya no podíamos con nuestra vida. 

Menos mal que a esas alturas del camino siempre encuentras a los que ya van de vuelta, que te miran con lástima y ante tu cara de sufrimiento te dicen - ánimo, ya habéis pasado lo peor, y el final merece la pena. 

Lo peor del caso es que como no habíamos estado en el Centro de Información no teníamos ni idea de que era aquello tan atractivo que había al final del camino. 
Durante los siguientes metros nos adelantó un grupo de jóvenes que iba en chanclas, con una nevera playera y toallas. Aquello me hizo pensar que; 1. Nuestro destino era un parque acuático. 2. Aquellos descerebrados habían salido de fiesta la noche anterior y por la mañana en lugar del camino a la piscina empezaron a subir la montaña sin darse cuenta, todavía afectados por lo que habían tomado la noche anterior. 

Para mantener nuestra dignidad intacta parábamos de tanto en tanto con la excusa de hacer fotos de las maravillosas vistas, cuando en realidad lo que hacíamos era aprovechar para recuperar el resuello.
A todo esto mi incansable hijo trotaba feliz y ajeno al sufrimiento de sus padres. 

Cuando ya estábamos pensando en tirar la toalla vimos un cartel que indicaba que solo nos faltaban 500 metros más, y el camino mejoraba sustancialmente. Por lo menos ya no era una pendiente empinada y se podía oír el sonido del agua corriendo.

No estábamos preparados para lo que nos encontramos. Unas increíbles pozas naturales, de agua cristalina, llenas de bañistas con sus toallas y picnics. 
Lo de que no estábamos preparados es literal, porque como no sabíamos de la existencia de estas idílicas piscinas naturales ni llevábamos bañador, ni toallas, ni comida ¡¡mecachis!!

Pero ya sabéis que no conozco el desánimo, y tenía claro que no me iba de allí sin bañarme, así es que ni corta ni perezosa me metí en bragas y camiseta (tampoco se trataba de enseñarlo todo y que a alguno se le atragantase el bocadillo). 
Mi chico optó por alejarse discretamente y hacer como si no me conociese. 
Mi hijo, más solidario, se desnudó en 30 segundos y allá que se fue conmigo. 



Aquel baño mereció la caminata y otros 3 km que la hubiesen alargado. 

La vuelta la hicimos la mar de fresquitos. 
Lo mejor, cuando llegamos a ese punto del camino en el que nuestra experiencia nos permitió reconfortar a los agotados viajeros noveles, y animarles a seguir, ya que el final lo merecía, y lo peor ya lo habían pasado.

Eso sí, yo el resto de las vacaciones con el bañador colocado todo el día, no fuese a encontrarme otra de esas pozas maravillosas.
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